YO GANO, TU PIERDES…

Las sociedades y quienes formamos parte de ellas somos, en cierto modo, también el reflejo de siglos de confrontación e intolerancia. El ser humano es así, y no hay nadie que se salve de verse arrastrado en algún momento hacia una situación de conflicto con otros. Pero en verdad, muchas de esas situaciones tienen que ver, en buena parte, con nuestra incapacidad de saber gestionarlas correctamente y no con el hecho de que se den a lo largo de nuestra vida, ya que son inevitables. Nótese que me incluyo en el tema.

Le he dado vueltas al asunto con la tranquilidad que da un rincón silencioso, una luz tenue y un café humeante sobre la mesa. Ciertamente, a todos nos incomoda ese reducido margen de flexibilidad que percibimos en las personas cuando queremos que nos cedan espacios o que acepten sin discusión nuestro deseo sobre algo. Qué fácil es que reaccionemos por ello haciendo crítica o reproche, sin ser capaces de reconocer que esa misma falta de flexibilidad es, justamente, la que también nosotros mismos solemos aplicar hacia los demás, ya sea de forma inconsciente o siendo muy conscientes de ello, que es peor…

En lo personal o en lo profesional, cualquier conflicto aparece cuando las posiciones parten de la base del “yo gano, tú pierdes”, o cuando entre ambas no existe el respeto mutuo ni la empatía, o cuando el diálogo se basa en las posiciones en lugar de en los intereses, algo que solo lleva al choque de posturas y al riesgo de entrar en una escalada de desencuentros. Eso se da en cualquier entorno personal y no hace falta ser alguien especialmente débil, desde un punto de vista moral, para verse superado por el propio ego y orgullo ante una controversia; cualquiera puede ponerse a la defensiva y comportarse de forma intransigente cuando ve peligrar algo sobre lo que considera que tiene más derecho que otros; la eterna defensa a ultranza de nuestro derecho sobre el derecho de los demás puede ser el Talón de Aquiles de nuestra moral; ese conjunto de costumbres y normas por las que se juzga el comportamiento de las personas en una comunidad y todas esas cosas importantes que deberíamos hacer para contribuir a estar en armonía con la sociedad.

Los principios morales…, en alguna parte leí que las raíces de la moral se asientan en la empatía, esa capacidad de ponernos en el lugar de otros para poder entendernos y comunicarnos mejor. De hecho, cuanto más empatía practique una persona, más fácil será el poder resolver los encontronazos que sufra en sus relaciones; situaciones que se dan muchas veces por cuestiones banales y otras no tanto…, todo eso es muy complejo. Lo que está claro es que, cuanto más empatía hay en una sociedad, más fuertes son los principios morales que la llevan a compartir recursos en función de las necesidades de los demás y no en función de las ambiciones propias. Qué gran verdad, pero qué poco se aplica.

Si quieres tener éxito en las cosas importantes de la vida, vas a necesitar cultivar buenas relaciones con tu entorno. No se puede ir por la vida imponiendo tu criterio e interés sobre otros de forma permanente y luego compadecerte de vivir en soledad, de que nadie se interesa por ti o de que no tienes amistades sinceras, sino interesadas e hipócritas. Hay personas que se pasan la vida haciendo aspavientos y hablando de sí mismas, tratando de llamar la atención para que se interesen por ellas en lugar de hacer un esfuerzo para interesarse por los demás sin esperar nada a cambio. Cuando pones tus intereses por encima de todo, luego pasan estas cosas.

¿Y tú?, ¿eres de ese tipo de personas que hablan mucho de sí mismas y se comportan como un pavo real?. no…, seguro que no te consideras así…, tú eres de los que ayudas a los demás; una persona cívica, empática, honesta y generosa. El hecho de que quien tienes enfrente no te reconozca así sin dudarlo es porque se equivoca, porque no te entiende y porque no sabe apreciar todo lo bueno que eres… ¿Has dicho alguna vez eso de que si alguien no es capaz de aceptarte como eres es su problema y no el tuyo…?. Cuantas veces habré oído esto en boca de otros y cuantas veces lo habré dicho yo mismo… Una manera de no reconocer que no nos conocemos a nosotros mismos.

Y así, convencidos de que es el otro el que circula en sentido contrario, de no mirar hacia nuestro interior para reconocer lo mucho que debemos mejorar antes de valorar lo que deben mejorar los demás, vamos avanzando hacia ninguna parte como sociedad, resolviendo los desencuentros con la imposición de criterios, hasta que los pilares de la convivencia se consuman en un mar de confrontación y de estupidez.

Nos educan durante años para poder adquirir habilidades que nos permitan valernos por nosotros mismos ante las dificultades que se nos presentarán en la vida, pero no se nos enseña los suficiente a desarrollar otras, como el gestionar las emociones o el saber comunicarnos de forma asertiva, ambas necesarias para las relaciones que habremos de mantener con otras personas y que son la base de la convivencia. Así nos va…

Esa capacidad de conexión con los demás que normalmente tenemos de forma natural en la infancia es algo que vamos perdiendo a medida que nos hacemos adultos, cuando transformamos la inocencia en desconfianza, el deseo de compartir por el de disponer y las ganas de vivir por las de sobrevivir. Tal vez de todo ello venga que el 10% de los conflictos entre dos personas se debe realmente a una diferencia de opinión sobre algo, mientras que el 90% restante se debe a una forma incorrecta de comunicarla a la otra parte.

La inteligencia emocional es una de las habilidades a desarrollar que son más necesarias para esa convivencia, entre otras cosas porque te ayuda a expresar tus deseos de forma que no los conviertas en un piedra que lanzas, ya sea hacia otros o incluso hacia ti mismo. Aristóteles decía que el educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Y es que ambos, corazón y mente, deben mantener un equilibrio, ya que si no es así, lo que acabas utilizando en tus relaciones personales y en el modo de conectar con los demás  con la cabeza y el estómago. El corazón queda fuera.

Conseguir relacionarse con la gente es probablemente uno de los mayores retos que debemos afrontar en nuestra vida, sobre todo si eres un auténtico estúpido y todavía no eres consciente de ello. Ciertamente el grado de estupidez suele ser directamente proporcional al rechazo que obtengas de los demás. Puede ser francamente sorprendente hasta qué punto puede llegar uno a ser rechazado por ello si no corrige la actitud y esa parte del carácter que se sale por la tangente.

El carácter se va moldeando a partir de aquello que te vas encontrando en la vida; si has tenido la mala suerte de convivir entre miseria moral, tendrás más posibilidades de convertirte en un miserable como los demás. Si has tenido la suerte de contar con personas en tu entorno de las que aprender los valores correctos, difícil será que no quedes impregnado por ellos de alguna forma. Es una lotería y hay que aceptar lo que te toca, en esto no puedes hacer gran cosa, pero de ambas situaciones se pueden aprender cosas positivas de las que aprender y crecer como persona. Para conseguirlo no hay fórmulas magistrales, ni un manual de instrucciones que sirva para cualquiera, lo que sí es una regla fija es que el éxito en las relaciones personales y en la resolución de conflictos no tiene nada que ver con lo que deseas obtener, sino con lo que estes dispuesto a dar a los demás.

Y no…, no estoy hablando de dejarnos llevar por los intereses del contrario simplemente por quedar bien con él, o de agachar la cabeza y asumir el papel del tonto al que se le puede con cualquier cosa. Al igual que en cualquier negociación, debemos diferenciar entre cesión y concesión.

Cuando cedes, estás entregando algo que querías mantener; lo haces al verte obligado a ello por alguna circunstancia que no has podido evitar; pero no querías hacerlo y te sientes mal por ello. Eso te produce la sensación de haber perdido y de estar peor de lo que estabas antes.

Por el contrario, el conceder es otra cosa. Cuando concedemos algo, contribuimos a que la otra parte se sienta bien con el intercambio o con la solución al problema y eso también nos hace sentirnos bien con nosotros mismos, además de contribuir a construir una buena relación con el contrario que posiblemente aportará otros beneficios.

Por ello,  para solucionar cualquier conflicto lo primero que debemos saber es qué queremos conseguir o mantener, pero también qué es lo que podemos conceder y qué cosas no podemos conceder en ningún caso. Es justamente esto lo que define la línea que separa la cesión de la concesión.

Luego están las personas que no están dispuestas ni a ceder ni a conceder. A lo largo de la historia han habido muchos ejemplares de este tipo, los cuales han arrastrado casi siempre a otros muchos hacia el precipicio. Hoy en día tenemos ejemplos de intransigentes potenciales en la clase política y en todos los bandos e ideologías; representantes públicos incapaces de ceder para el beneficio común, que solo trabajan sobre la base de un cálculo partidista; algo muy peligroso, sobre todo cuando se utilizan los sentimientos de las personas con cualquier argumento demagógico que sirva para conseguir sus fines. No tienen capacidad ni de ceder ni de conceder, solo están intoxicados de ambición por el poder y de arrogancia, mezclados con mediocridad; los ingredientes perfectos para el desastre.

Me voy a permitir cerrar este capitulo con un epitafio muy oportuno para aquellas personas que ante cualquier conflicto de intereses con otras, solo entienden como solución la imposición del «yo gano y tú pierdes» al contrario:

«Yacen aquí los despojos de dos pobres viajeros que se enfrentaron frente a frente en el camino. Murieron defendiendo su derecho de paso por él…, y ambos tenían sus razones y su justo derecho. Pero tan muertos yacen ahora como si no hubiesen tenido ni razón ni derecho.».

Miguel Ángel Beltrán – http://www.lycongraphics.com