YO GANO, TU PIERDES…

Las sociedades y quienes formamos parte de ellas somos, en cierto modo, también el reflejo de siglos de confrontación e intolerancia. El ser humano es así, y no hay nadie que se salve de verse arrastrado en algún momento hacia una situación de conflicto con otros. Pero en verdad, muchas de esas situaciones tienen que ver, en buena parte, con nuestra incapacidad de saber gestionarlas correctamente y no con el hecho de que se den a lo largo de nuestra vida, ya que son inevitables. Nótese que me incluyo en el tema.

Le he dado vueltas al asunto con la tranquilidad que da un rincón silencioso, una luz tenue y un café humeante sobre la mesa. Ciertamente, a todos nos incomoda ese reducido margen de flexibilidad que percibimos en las personas cuando queremos que nos cedan espacios o que acepten sin discusión nuestro deseo sobre algo. Qué fácil es que reaccionemos por ello haciendo crítica o reproche, sin ser capaces de reconocer que esa misma falta de flexibilidad es, justamente, la que también nosotros mismos solemos aplicar hacia los demás, ya sea de forma inconsciente o siendo muy conscientes de ello, que es peor…

En lo personal o en lo profesional, cualquier conflicto aparece cuando las posiciones parten de la base del “yo gano, tú pierdes”, o cuando entre ambas no existe el respeto mutuo ni la empatía, o cuando el diálogo se basa en las posiciones en lugar de en los intereses, algo que solo lleva al choque de posturas y al riesgo de entrar en una escalada de desencuentros. Eso se da en cualquier entorno personal y no hace falta ser alguien especialmente débil, desde un punto de vista moral, para verse superado por el propio ego y orgullo ante una controversia; cualquiera puede ponerse a la defensiva y comportarse de forma intransigente cuando ve peligrar algo sobre lo que considera que tiene más derecho que otros; la eterna defensa a ultranza de nuestro derecho sobre el derecho de los demás puede ser el Talón de Aquiles de nuestra moral; ese conjunto de costumbres y normas por las que se juzga el comportamiento de las personas en una comunidad y todas esas cosas importantes que deberíamos hacer para contribuir a estar en armonía con la sociedad.

Los principios morales…, en alguna parte leí que las raíces de la moral se asientan en la empatía, esa capacidad de ponernos en el lugar de otros para poder entendernos y comunicarnos mejor. De hecho, cuanto más empatía practique una persona, más fácil será el poder resolver los encontronazos que sufra en sus relaciones; situaciones que se dan muchas veces por cuestiones banales y otras no tanto…, todo eso es muy complejo. Lo que está claro es que, cuanto más empatía hay en una sociedad, más fuertes son los principios morales que la llevan a compartir recursos en función de las necesidades de los demás y no en función de las ambiciones propias. Qué gran verdad, pero qué poco se aplica.

Si quieres tener éxito en las cosas importantes de la vida, vas a necesitar cultivar buenas relaciones con tu entorno. No se puede ir por la vida imponiendo tu criterio e interés sobre otros de forma permanente y luego compadecerte de vivir en soledad, de que nadie se interesa por ti o de que no tienes amistades sinceras, sino interesadas e hipócritas. Hay personas que se pasan la vida haciendo aspavientos y hablando de sí mismas, tratando de llamar la atención para que se interesen por ellas en lugar de hacer un esfuerzo para interesarse por los demás sin esperar nada a cambio. Cuando pones tus intereses por encima de todo, luego pasan estas cosas.

¿Y tú?, ¿eres de ese tipo de personas que hablan mucho de sí mismas y se comportan como un pavo real?. no…, seguro que no te consideras así…, tú eres de los que ayudas a los demás; una persona cívica, empática, honesta y generosa. El hecho de que quien tienes enfrente no te reconozca así sin dudarlo es porque se equivoca, porque no te entiende y porque no sabe apreciar todo lo bueno que eres… ¿Has dicho alguna vez eso de que si alguien no es capaz de aceptarte como eres es su problema y no el tuyo…?. Cuantas veces habré oído esto en boca de otros y cuantas veces lo habré dicho yo mismo… Una manera de no reconocer que no nos conocemos a nosotros mismos.

Y así, convencidos de que es el otro el que circula en sentido contrario, de no mirar hacia nuestro interior para reconocer lo mucho que debemos mejorar antes de valorar lo que deben mejorar los demás, vamos avanzando hacia ninguna parte como sociedad, resolviendo los desencuentros con la imposición de criterios, hasta que los pilares de la convivencia se consuman en un mar de confrontación y de estupidez.

Nos educan durante años para poder adquirir habilidades que nos permitan valernos por nosotros mismos ante las dificultades que se nos presentarán en la vida, pero no se nos enseña los suficiente a desarrollar otras, como el gestionar las emociones o el saber comunicarnos de forma asertiva, ambas necesarias para las relaciones que habremos de mantener con otras personas y que son la base de la convivencia. Así nos va…

Esa capacidad de conexión con los demás que normalmente tenemos de forma natural en la infancia es algo que vamos perdiendo a medida que nos hacemos adultos, cuando transformamos la inocencia en desconfianza, el deseo de compartir por el de disponer y las ganas de vivir por las de sobrevivir. Tal vez de todo ello venga que el 10% de los conflictos entre dos personas se debe realmente a una diferencia de opinión sobre algo, mientras que el 90% restante se debe a una forma incorrecta de comunicarla a la otra parte.

La inteligencia emocional es una de las habilidades a desarrollar que son más necesarias para esa convivencia, entre otras cosas porque te ayuda a expresar tus deseos de forma que no los conviertas en un piedra que lanzas, ya sea hacia otros o incluso hacia ti mismo. Aristóteles decía que el educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Y es que ambos, corazón y mente, deben mantener un equilibrio, ya que si no es así, lo que acabas utilizando en tus relaciones personales y en el modo de conectar con los demás  con la cabeza y el estómago. El corazón queda fuera.

Conseguir relacionarse con la gente es probablemente uno de los mayores retos que debemos afrontar en nuestra vida, sobre todo si eres un auténtico estúpido y todavía no eres consciente de ello. Ciertamente el grado de estupidez suele ser directamente proporcional al rechazo que obtengas de los demás. Puede ser francamente sorprendente hasta qué punto puede llegar uno a ser rechazado por ello si no corrige la actitud y esa parte del carácter que se sale por la tangente.

El carácter se va moldeando a partir de aquello que te vas encontrando en la vida; si has tenido la mala suerte de convivir entre miseria moral, tendrás más posibilidades de convertirte en un miserable como los demás. Si has tenido la suerte de contar con personas en tu entorno de las que aprender los valores correctos, difícil será que no quedes impregnado por ellos de alguna forma. Es una lotería y hay que aceptar lo que te toca, en esto no puedes hacer gran cosa, pero de ambas situaciones se pueden aprender cosas positivas de las que aprender y crecer como persona. Para conseguirlo no hay fórmulas magistrales, ni un manual de instrucciones que sirva para cualquiera, lo que sí es una regla fija es que el éxito en las relaciones personales y en la resolución de conflictos no tiene nada que ver con lo que deseas obtener, sino con lo que estes dispuesto a dar a los demás.

Y no…, no estoy hablando de dejarnos llevar por los intereses del contrario simplemente por quedar bien con él, o de agachar la cabeza y asumir el papel del tonto al que se le puede con cualquier cosa. Al igual que en cualquier negociación, debemos diferenciar entre cesión y concesión.

Cuando cedes, estás entregando algo que querías mantener; lo haces al verte obligado a ello por alguna circunstancia que no has podido evitar; pero no querías hacerlo y te sientes mal por ello. Eso te produce la sensación de haber perdido y de estar peor de lo que estabas antes.

Por el contrario, el conceder es otra cosa. Cuando concedemos algo, contribuimos a que la otra parte se sienta bien con el intercambio o con la solución al problema y eso también nos hace sentirnos bien con nosotros mismos, además de contribuir a construir una buena relación con el contrario que posiblemente aportará otros beneficios.

Por ello,  para solucionar cualquier conflicto lo primero que debemos saber es qué queremos conseguir o mantener, pero también qué es lo que podemos conceder y qué cosas no podemos conceder en ningún caso. Es justamente esto lo que define la línea que separa la cesión de la concesión.

Luego están las personas que no están dispuestas ni a ceder ni a conceder. A lo largo de la historia han habido muchos ejemplares de este tipo, los cuales han arrastrado casi siempre a otros muchos hacia el precipicio. Hoy en día tenemos ejemplos de intransigentes potenciales en la clase política y en todos los bandos e ideologías; representantes públicos incapaces de ceder para el beneficio común, que solo trabajan sobre la base de un cálculo partidista; algo muy peligroso, sobre todo cuando se utilizan los sentimientos de las personas con cualquier argumento demagógico que sirva para conseguir sus fines. No tienen capacidad ni de ceder ni de conceder, solo están intoxicados de ambición por el poder y de arrogancia, mezclados con mediocridad; los ingredientes perfectos para el desastre.

Me voy a permitir cerrar este capitulo con un epitafio muy oportuno para aquellas personas que ante cualquier conflicto de intereses con otras, solo entienden como solución la imposición del «yo gano y tú pierdes» al contrario:

«Yacen aquí los despojos de dos pobres viajeros que se enfrentaron frente a frente en el camino. Murieron defendiendo su derecho de paso por él…, y ambos tenían sus razones y su justo derecho. Pero tan muertos yacen ahora como si no hubiesen tenido ni razón ni derecho.».

Miguel Ángel Beltrán – http://www.lycongraphics.com

Empatía y Liderazgo

Toda empresa necesita del compromiso y determinación de su mayor patrimonio, las personas. En ese compromiso, las emociones juegan un papel irrenunciable, pues forman parte de nuestra naturaleza vital y son algo que debemos proteger, pues su ausencia nos llevaría a destruir lo que es imprescindible en toda labor en equipo, el sentido de pertenencia al mismo y el deseo de contribuir en su crecimiento colectivo.

Despreciar los vínculos emocionales para centrarnos únicamente en los resultados, nos dirige a un escenario en el que las personas actuarán de forma mecánica, irreflexiva y egoista. Con ello contribuiremos a perder algo fundamental en el liderazgo de equipos; la motivación y la empatía…

La empatía es un punto de unión emocional, es uno de los pilares donde se sustenta el respeto y la confianza, el deseo honesto de ayudar a otros en beneficio común, es nuestra capacidad de dejarnos afectar por una situación que nos resulta ajena y de permitir que esa afectación condicione positivamente nuestra postura ante la del resto de personas con las que compartimos el camino y los objetivos.

La empatía es sentir y emocionarse ante el sentimiento y la emoción de otros. Es el querer entender el porqué de las cosas, es el desear ayudar para reparar, es dejarse llevar para comprender, ya que es lo contrario al prejuicio, lo opuesto al desprecio, la antítesis del odio… La empatía no rima con fascismo, ni con racismo, ni con nacionalismo…, es nuestra vacuna natural contra la intolerancia, el rechazo, el cinismo…

La empatía no tiene nada que ver con la imposición de reglas, sino con la del diálogo para el acuerdo. Ni con el romper con lo establecido, sino con llegar al entendimiento que nos ayude a valorar, amar, compartir, reforzar lazos y mantenernos juntos en el camino. La empatía nos ayuda a relacionarnos con nuestro entorno, a interpretar correctamente su realidad, a moldear nuestra actitud; nos enseña a convivir ante las dificultades.

La empatía no va de la imposición de castigos, sino de aplicar remedios, de encontrar soluciones y de llegar a consensos… La empatía es parte de la energía que necesitamos para llegar a ese punto en el espacio y en el tiempo donde se encuentra el verdadero sentido de nuestras vidas y de nuestra trayectoria en ella, donde está descrita nuestra misión como personas, donde reside el éxito de nuestra misión colectiva. De la misma manera que en la vida, la verdadera misión no es en realidad la que se dicta en un libro de normas, ni es la que cubre la sombra de una gran bandera, ni tan siquiera la que dicta un gran pensador, ni la que defiende a ultranza un gran patriota dispuesto a inmolarse por ella.

El sentido de lo que hacemos, nuestras razones, nuestra pasión por llevar nuestros deseos a hacerlos realidad, no son justificación para anteponerlos al sentido, razón y pasión de quien comparte con nosotros el camino. ¿De qué sirve mi razón si esa razón no le sirve a los demás?. ¿De qué sirve la imposición si no aporta valor al proyecto común?, ¿qué sentido tiene?.

Todos tenemos una misión, un proyecto en la vida que suele costar interpretar, pero que en realidad debería tener un solo sentido…, el de aportar valor para ayudar a los demás a conseguir superar el suyo y avanzar juntos hacia la consecución de un objetivo colectivo: “mejorar y crecer”.

Miguel Ángel Beltrán

 

Empathy & Team Leadership

Every company needs the commitment and determination of its greatest patrimony: the people… In this commitment, emotions play an indispensable role, because they are part of our vital nature and are something that we must protect, because their absence would lead us to destroy what is essential in all teamwork, the sense of belonging to it and the desire to contribute to their collective growth.

To despise the emotional links to focus solely on the results, leads us to a scenario in which people will act in a mechanical, thoughtless and selfish way. This will help to lose something fundamental in team leadership: motivation and empathy…

Empathy is a point of emotional union, it is one of the pillars where respect and trust are supported, the honest desire to help others in common benefit. It is our ability to let ourselves be affected by a situation that is alien to us and to allow that affectation to positively condition our position with that of the other people with whom we share the path and the objectives

Empathy is feeling and getting excited about the feelings and emotion of others. It is to want to understand the reason of the things, it is to want to help to repair, it is to let carry to understand, because it is the opposite to the prejudice, the opposite to contempt, the antithesis of the hatred… Empathy does not rhyme with fascism, or racism, or nationalism…, is our natural vaccine against intolerance, rejection, cynicism…

Empathy has nothing to do with the imposition of rules, but with that of dialogue for the agreement. Nor with the breaking of the established, but with reaching the understanding that helps us to value, love, share, reinforce ties and keep together along the way. Empathy helps us to relate to our surroundings, to interpret their reality correctly, to shape our attitude; it teaches us to fight together agains difficulties.

Empathy is not about imposing punishments, but of applying remedies, finding solutions and reaching consensus… Empathy is part of the energy we need to reach that point in space and time where we find the true meaning of our lives and our trajectory in it, where is the success of the shared mission. But in the same way that in life, the true mission is not in reality that which is dictated in a book of norms, nor is the one that covers the shadow of a great flag, nor even that which dictates a great thinker, nor that which defends to the extreme a great patriot willing to be immolard by it…

The meaning of what we do, our reasons, our passion for bringing our desires to make them reality, are not justification for putting them before the meaning, reason and passion of those who share with us the way. What good is my reason if that reason does not serve positively others?. What sense has a dogmatic rule if it does not add value to the common project?.

We all have a mission, a project in life that sometimes it’ hard to be understood by the rest, but that should actually have a single sense…, to provide value to help others to get over theirs and move forward together towards achieving a collective goal…: to improve and grow.

Dogmatismo Vs Liderazgo

Muchas empresas actuales adolecen de falta de liderazgo en su organización interna; permanecen estancadas en un funcionamiento encorsetado en dogmatismos que chocan con la cultura empresarial moderna, donde a las personas no se las gestiona, sino que se las lidera. Pero…, ¿qué significa realmente el liderar?.

Liderar es conocer y respetar, es transmitir pasión por lo que se hace y desplegar ilusión y reconocimiento por lo que se consigue. Liderar es buscar un equilibrio entre lo pragmático y lo emocional, porque ambas cosas forman parte fundamental de nuestro entorno. Un líder debe gestionar las emociones porque son un vínculo en las relaciones interpersonales dentro y fuera de su equipo. Y éstas, a su vez, son el lubricante que hace funcionar correctamente su engranaje. Por ese motivo, la función de esas emociones no puede sustituirse por normas y procedimientos, o por una especie de autismo profesional.

Los líderes deben huir de la rigidez en los planteamientos, deben ser flexibles, proactivos, cercanos y humildes. Ser concientes de que las personas son parte fundamental del proyecto colectivo, de que su contribución es irrenunciable en la misión de conseguir el éxito y deben sentirse como tales en todo momento, porque son el más importante patrimonio de la empresa.

La cultura organizacional debe promover que los integrantes de un equipo sientan que son parte de él y de su razón de existir, deben hacer que el talento individual y la inspiración afloren sin miedos y ambos se desarrollen en un ambiente de trabajo positivo, optimista y orientado a mejorar y a crecer. La capacidad de liderazgo es vital y una organización que aspira al éxito debe saber elegir a líderes que sepan contribuir en su desarrollo.

Estos líderes tendrán como objetivo principal el establecer pautas de trabajo en equipo que sean eficientes y con un fuerte enfoque colaborativo. No hay cabida para dogmas e imposiciones unilaterales, ya que cuando éstos se apoderan de las dinámicas de un equipo, desestimando la confianza en las capacidades y compromisos individuales, se empiezan a deteriorar los vínculos emocionales, la propia confianza y la motivación. Con ello, poco a poco la maquinaria que aporta valor se bloquea y la contribución del equipo a la empresa inicia un camino acelerado de caída hasta estrellarse es un sonoro fracaso.

Saber liderar permite gestionar el potencial de un equipo y llevarlo a su mayores niveles de eficiencia y contribución, pero también de compromiso hacia los objetivos generales de la empresa.

Miguel Ángel Beltrán

Dogma Vs Lidership

Many current companies suffer from a lack of leadership in their internal organization; they remain stagnant in a functioning corseted in dogmatisms that clash with the modern business culture, where people are not managed, but are led. But … what does it really mean to lead? .

Leading is to know and respect, is to transmit passion for what is done and display enthusiasm and recognition for what is achieved. Leading is to find a balance between the pragmatic and the emotional, because both are a fundamental part of our environment.

A leader must manage emotions because they are a link in interpersonal relationships inside and outside of any team. And these, in turn, are the lubricant that makes your gear work properly. For that reason, the function of those emotions can not be replaced by norms and procedures, or by a kind of professional autism.

Leaders must flee from rigidity in the approaches, they must be flexible, proactive, close and humble. Be aware that people are a fundamental part of the collective project, that their contribution is indispensable in the mission of achieving success and they must feel that way at all times because they are the most important asset of the company.

The organizational culture must promote that the members of a team feel that they are part of it and their reason for existing, they must make individual talent and inspiration emerge without fear and both develop in a positive, optimistic and oriented work environment to improve and grow.

Leadership capacity is vital and an organization that aspires to success must know how to choose leaders who know how to contribute to its development. These leaders will have as main objective to establish guidelines for teamwork that are efficient and with a strong collaborative approach. There is no room for dogmas and unilateral impositions, because when they take over the dynamics of a team, rejecting confidence in individual capacities and commitments, the emotional bonds, self-confidence and motivation begin to deteriorate. With this, little by little the machinery is blocking and the contribution of the team to the company goals starts an accelerated way of falling to crash is a resounding failure.

Correct team leadership can manage its potential and take its highest levels of efficiency and contribution, but also of commitment towards the general objectives of the company.

Miguel Angel Beltran

Don’t fear the failure, face the challenge.

The fear of failing and being exposed for this reason is human. Given this, when it’s your turn to face new challenges, both doubts and insecurities appear and somehow pushes you to curse the moment you agreed to accept them. You even get to ask yourself something similar to “why I didn´t reject it and keep myself been doing what I did before…?. Back there…, huddled in my comfort zone and almost free of all evil…”.

Your unsteadiness seems drives you to think that it would have been better to keep yourself in a corner, the one you think is under your control, and let others come to the battlefield, let others to lead the discussion, share knowledge and take the initiative … In short, you are tempted to reject the challenge and its risks, to avoid having to go through the bad swallow of disappointment, to be in evidence, to suffer the sensation of ridicule…

But you do not…, you refuse to resign. You do not back down and decide to face all those fears. Not out of courage, or out of pride, or out of a desire to be a protagonist…, you do it out of coherence and responsibility, because you presented yourself in front of your people as a professional and because your responsibility as professional is to be coherent and not disappoint them.

You say to yourself that this coherence implies take advantage of any opportunity offered to you that could help to add value to the project in which you decided to commit. You know well that challenges not only mean a risk of failing in front others, it is also an opportunity to the contrary. It is your chance to contribute to the goal, to reinforce your own personal image, to increase respect and security in yourself.

If everything were as easy as that, surely it would not be necessary to talk about it. The truth is that there are no fixed rules to acquire security in oneself, nor magic recipes for success in personal improvement. Of course, I do not know exactly how we should act, but I do believe that the first step should be to open up to oneself and ask the right questions with honest answers. Questions like what is the real value of my contribution to the goal or what extent that value has a positive impact for the objective and results that I share with others. I should ask myself if that value represents everything I can really do or if I could do something additional to enrich it.

I suppose that the motivation has a lot to do with this, although certainly that motivation tends to be more limited as we go down the ladder of responsibilities within the structure of a company. However, there is no position in a well-structured company that does not have a reason to exist; from the position of the general manager to that of the last assistant. All of the have a necessary role to achieve the common goal and that task goes beyond the simple work associated with them, either in the management of an order, in the commissioning of a machine, in the maintenance of the plant or in the company’s own address. But all these positions also have the responsibility to detect areas of improvement in their environment, propose solutions to problems and even implement these solutions. We must do it…, since we are the best connoisseurs of the particularities of the work for which we are responsible and therefore, the first that should make proposals aimed to add value to our own work.The “Added Value”, that «extra» we can contribute individually is key, no doubt on that since it is the fuel that our company feeds to be competitive. The added value helps to differentiate our proposal and keep us away from mediocrity …, and from mediocrity we have to move away as from the plague.

I spoke before about the fear of failure, about the fear of making a fool of himself in the face of a wrong decision and about being exposed by it. Personally, I´m more afraid of mediocrity than of making a fool of myself and I´m sure that all professional must accept the risk of error as part of the play rules. However, unfortunately there are those who, out of fear of failure and ridicule, accept mediocrity as a way, and with it, they become a simple ornamental element perfectly dispensable.

In fact, mediocrity is a concession that we allow ourselves to justify that we do not want to do more to improve what we do, even when we are aware that we are capable of doing it, either because we believe it is useless, because we are not valued, because others do not or because we simply don´t want to do it.

We should be always moving our efforts as close as possible to our levels of incompetence, but never to settle beneath them; we must try to reach them and try to overcome them always. Excellence is not achieved by acting with the rhythm of minimum effort, mainly when we know that this rhythm is below our own capabilities.

Our path should always be oriented towards excellence in everything we do and practically make it almost a way of life. However, in reality, excellence is never achieved; excellence is only a horizon to which we decide to direct ourselves or not. And there is no instruction manual to take us there, what do exist are certain guidelines that can mark the way.

First of all, we must mark the GOAL. Our goal must be ambitious but realistic, not a chimera that we probably can never reach and that will lead us to failure and frustration, something that does not interest us.

Another guideline is the KNOWLEDGE. But not only the one that refers to our academic training or professional experience, but to the knowledge of our environment; that of our work team, that of their strengths or weaknesses and that of ours, that of our competitors, that of the needs of our clients, their priorities and expectations, the reality of the market … We need information to know and understand the scenario where we are.

We also need a PROCEDURE. We cannot make the way like chickens without heads. It is necessary to trace the route, establish control points and action protocols, it is necessary to know where we go and how we´ll walk the way.

We need RESOURCES, not only the technological ones, also the humans; those that have to do with the commitment and motivation of the people in front the objective and their contribution in teamwork…

And finally, the ATTITUDE. Attitude is the most important factor of all since although we can have knowledge, a well-developed procedure and sufficient resources, if we do not have a positive attitude we will certainly fail.

We are facing a change in the professional model that undoubtedly forces us to also change our perception of ourselves and our attitude. Attitude is a powerful medicine, something that we must cultivate to adapt our work to a changing environment of increasingly demanding market and technological revolution that is beginning to overcome our ability to understand and assimilate.

But there are more guidelines to take into account in the eternal search for excellence in what we do. Without a doubt, TALENT is one of them; the ability to learn and apply what we have learned, our ability to do relevant things based on the knowledge acquired through many years of effort. Also, our ability to INNOVATE, to create and renew what has been created and advance in what we are capable of building.

Being PROACTIVE…, take the initiative, be bold and ambitious in learning, improve and grow. We must be FLEXIBLE, because our scenario is changing, it is more and more active and complex. We have to adapt ourselves to an environment that request a continuously update. And of course, we must be PERSEVERING and firm in our conviction that we should not be content with the successes obtained.

In any case, beyond I´m fully sure that all these guidelines are fundamental to achieve success, the reality is that there are no achievable goals and challenges or individual and collective successes that we can face that do not require having PASSION for doing so. Personally, it is impossible for me to participate in a project that I’m not passionate about; It is like deceiving yourself and deceiving others. You feel PASSION for participating in something when you think you are contributing to its success. This is the reason because it is so important to be honest with ourselves and aware of the real value of our individual contribution, since if we understand that this personal contribution is not up to the task, we must start working immediately to improve it. But if we still find ourselves unable to do so because we understand that we have finally reached our particular level of incompetence, maybe it is time to change our professional compromises and try to find a new project to which we can contribute with value, keeping us growing in the desire to reach our horizon of excellence.

Miguel Angel Beltran

No tengas miedo a fracasar, enfréntate a tus retos.

El miedo a fracasar y a quedar en evidencia es muy humano. Ante esto, cuando te toca el turno de salir ahí fuera a afrontar otro desafío y te surgen las dudas propias de la inseguridad ante lo nuevo, parece que algo te empuje a maldecir el momento en el que accediste a aceptarla, incluso llegas a preguntarte el porqué no te has quedado haciendo lo que hacías antes; ahí atrás…, acurrucadito en tu área de confort y casi libre de todo mal…

Piensas que habría sido mejor el abandonarte en un rincón, ese que crees controlar, y dejar que sean otros los que salgan al campo de batalla, que sean otros los que hablen, los que compartan, los que tomen la iniciativa… En definitiva, te ves tentado a rechazar los retos y sus riesgos, a evitar tener que pasar por el mal trago de la decepción, de quedar en evidencia, de sufrir la sensación del ridículo…

Pero no lo haces…, tú te niegas a renunciar, no te echas atrás y decides enfrentarte a todos esos temores. No te permites ceder ni por valentía, ni por arrojo, ni por afán de protagonismo…, lo haces por coherencia y responsabilidad. Por coherencia porque te presentaste ante tu gente como profesional y porque tu responsabilidad es no decepcionarlos.

Te dices a ti mismo que esa coherencia supone la obligación de aprovechar las oportunidades que se te ofrezcan para poder aportar valor al proyecto en el que decidas comprometerte, que de ningún modo podemos desperdiciar oportunidades de mejorar lo que hacemos. Sabes bien que los retos no solo suponen un riesgo de fracasar ante los demás, también es una oportunidad de todo lo contrario. Es tu ocasión para contribuir al objetivo común que compartes con los que han decidido confiar en ti, de reforzar tu propia imagen personal, de acrecentar el respeto y seguridad en ti mismo.

Si todo fuese tan fácil como eso, seguramente no sería necesario hablar de ello. Lo cierto es que no hay reglas fijas para adquirir seguridad en uno mismo, ni recetas mágicas para el éxito en la mejora personal. Por descontado, yo tampoco sé exactamente cómo debemos actuar, pero sí creo que el primer paso debería ser el sincerarse con uno mismo y hacerse preguntas correctas con respuestas honestas.

Preguntas como cuál es el valor real de mi contribución o hasta qué punto ese valor tiene un impacto positivo para el objetivo que comparto con los demás. Debería preguntarme si ese valor representa todo lo que realmente puedo hacer o si tal vez podría hacer alguna cosa adicional para incrementarlo.

Supongo que la motivación tiene mucho que ver con esto, aunque ciertamente esa motivación tiende a ser más limitada a medida que bajamos en el escalafón de responsabilidades dentro de la estructura de una empresa. No obstante, no hay puesto en una empresa bien estructurada que no tenga una razón de existir; desde el puesto del gerente hasta el del último auxiliar. Todos tienen un cometido necesario para alcanzar el objetivo común y ese cometido va más allá de la simple labor asociada a ellos, ya sea en la gestión de un pedido, en la puesta en marcha de una máquina, en el mantenimiento de la planta o en la propia dirección de la empresa; todas estas posiciones también tienen la responsabilidad de detectar áreas de mejora en su entorno, proponer soluciones a los problemas e incluso implementarlas. Debemos hacerlo…, puesto que somos los mejores conocedores de las particularidades de la labor de la que somos responsables y por consiguiente, los primeros que deberíamos hacer propuestas que aporten valor añadido a nuestro trabajo.

El valor añadido…, ese “extra” que podemos aportar individualmente es muy importante, ya que es el combustible del que se alimenta nuestra empresa para ser competitiva. El valor añadido contribuye a diferenciar nuestra propuesta y a alejarnos de la mediocridad…, y de la mediocridad hay que alejarse como de la peste.

Hablaba antes del miedo ante el fracaso, del miedo a hacer el ridículo ante una decisión equivocada y del quedar en evidencia por ello. Personalmente yo tengo más miedo a la mediocridad que a hacer el ridículo. Y es que el quedar en ridículo o en evidencia por fracasar ante un reto o por intentar cambiar las cosas para mejorar es algo a lo que todo profesional se debe enfrentar muchas veces a lo largo de su vida. Sin embargo, lamentablemente hay quien por miedo al fracaso y al ridículo acepta la mediocridad como camino y con ello se convierte en simple elemento ornamental perfectamente prescindible.

De hecho, la mediocridad es una concesión que las personas nos permitimos para justificarnos a nosotros mismos cuando no queremos hacer más o mejorar lo que hacemos aún siendo conscientes de que somos capaces de ello, ya sea porque creemos que no sirve de nada, porque no nos lo valoran, porque los demás no lo hacen o porque simplemente no nos apetece.

Deberíamos acostumbrarnos a movernos siempre lo más cerca posible de nuestros niveles de incompetencia, pero jamás acomodarnos por debajo de ellos; debemos intentar alcanzarlos y tratar de superarlos siempre. No se consigue la excelencia actuando con el ritmo del mínimo esfuerzo, sabiendo además que ese ritmo está por debajo de nuestras capacidades.

Nuestro camino debería estar siempre orientado hacia la excelencia en todo lo que hacemos y hacer de ello casi un modo de vida. No obstante, en realidad la excelencia no se alcanza nunca; la excelencia es únicamente un horizonte al cual decidimos dirigirnos o no. Y no existe un manual de instrucciones que nos lleve allí, lo que sí existen son ciertas pautas que nos pueden marcar el camino.

Ante todo, debemos marcarnos la META. Nuestra meta debe ser ambiciosa pero realista, no una quimera que probablemente no podamos alcanzar jamás y que nos llevará al fracaso y a la frustración, algo que no nos interesa.

Otra pauta es el CONOCIMIENTO. Pero no únicamente el que hace referencia a nuestra formación académica o experiencia profesional, sino al conocimiento de nuestro entorno: el de nuestro equipo de trabajo, el de sus fortalezas o debilidades y el de las nuestras, el de nuestros competidores, el de las necesidades de nuestros clientes, el de sus prioridades y expectativas, el de la realidad del mercado… Necesitamos información a tiempo real, es preciso conocer y comprender el escenario donde estamos.

También necesitamos de un PROCEDIMIENTO. No podemos hacer el camino como pollos sin cabeza. Es necesario trazar la ruta, establecer puntos de control y protocolos de actuación, es necesario saber hacia dónde vamos y cómo vamos a recorrerlo.

Necesitamos RECURSOS. No solo los tecnológicos, también los humanos; los que tienen que ver con el compromiso y motivación de las personas ante el objetivo, su aportación en el trabajo en equipo…

Y finalmente la ACTITUD. La actitud es el factor más importante de todos. Podemos tener mucho conocimiento, un procedimiento bien elaborado y unos recursos suficientes, pero si no tenemos actitud probablemente fracasaremos.

Ciertamente hay personas que pueden contar con un elevado nivel de formación y con varias carreras e idiomas, pero a veces también con una actitud deficiente, con poco compromiso en el trabajo en equipo, nula ambición por mejorar y aceptar retos o con la única perspectiva de mantenerse en un determinado puesto cuanto más tiempo mejor. Estas personas pueden alcanzar buenas posiciones profesionales, pero teniendo en cuenta la realidad actual, probablemente acabarán muy por debajo de las expectativas que se espera de ellas. Por el contrario, la actitud positiva, la disposición a asumir retos para tratar de aportar valor y a comprometerse en el objetivo de superar los límites, la ambición por mejorar y contribuir más y mejor, puede llevar a cualquiera, independientemente de su formación académica, a un alto nivel de liderazgo.

Estamos ante un cambio del modelo profesional que sin duda nos obliga a cambiar también nuestra percepción de nosotros mismos y nuestra actitud. La actitud es una medicina poderosa, algo que debemos cultivar ante la necesidad de adaptarnos a un entorno cambiante, a un mercado cada vez más exigente y a una revolución tecnológica que empieza a superar nuestra capacidad de entenderla y de asimilarla.

Pero hay más pautas a tener en cuenta en la eterna búsqueda de la excelencia en lo que hacemos y sin duda el TALENTO es una de ellas; la capacidad de aprender y de aplicar lo aprendido, nuestra habilidad en hacer cosas relevantes a través del conocimiento adquirido a lo largo de muchos años de esfuerzo. También nuestra capacidad de INNOVAR, de crear y renovar lo creado para mejorar el resultado; de avanzar continuamente en lo que somos capaces de construir. El ser PROACTIVOS…, tomar la iniciativa, ser audaces, no tener miedo sino ambición por aprender, mejorar y crecer. Debemos ser FLEXIBLES, por que nuestro escenario es cambiante, muy activo y complejo. Ser capaces de adaptarnos al entorno y de actualizarnos continuamente. Y por supuesto, debemos ser PERSEVERANTES y firmes en nuestra convicción de que no debemos conformarnos con los éxitos obtenidos; hay que continuar.

Todas estas pautas son fundamentales para conseguir nuestro objetivo, pero no hay metas alcanzables, éxitos individuales o colectivos, retos que podamos enfrentar que no requieran el tener PASIÓN por hacerlo. Personalmente se me hace imposible participar en un proyecto que no me apasione; es como engañarse a sí mismo y engañar a los demás. Sientes PASIÓN por participar en algo cuando crees que puedes contribuir en su éxito, por eso es tan importante el ser honestos con nosotros mismos y conscientes del valor real de nuestra contribución individual; porque si entendemos que esa contribución no está a la altura, debemos ponernos a trabajar inmediatamente para mejorarla. Pero si aún así nos vemos incapaces de hacerlo por que entendemos que hemos llegado finalmente a nuestro particular nivel de incompetencia, tal vez sea el momento de cambiar de proyecto profesional y de buscar otro al cual podamos aportar valor y seguir creciendo en nuestro afán de alcanzar ese deseado horizonte de excelencia.

La actitud ante los retos

Se habla de la «actitud» ante los retos como si fuese una especie de fuerza oculta que todo lo puede y donde reside la clave de todo éxito, algo así como un Santo Grial de la felicidad…

Pero…, ¿qué es exactamente la actitud?, ¿forma parte simplemente de nuestra forma de reaccionar ante una situación y de cómo te tomas las cosas cuando se te presenta la necesidad de responder ante ellas o simplemente es la expresión de un estado de ánimo al que le estamos dando excesivo protagonismo en nuestro empeño por avanzar en lo que hacemos?.

Y llegado el caso…, ¿cómo se determina si una “actitud” es la buena y bajo qué reglas se valora?. ¿Cómo puedo saber si mi forma de responder ante esa situación es la que mandan los cánones de la correcta “actitud”?.

Tal vez el reflexionar en calma de vez en cuando sobre nuestro modo de entender y reaccionar en la vida y sobre nuestra relación con ella merezca la pena. Deberíamos tomarlo por costumbre, como si fuese una medida de higiene…, algo así como una revisión y mantenimiento de la chimenea por la que expulsamos los malos humos para evitar que nos dejen toxinas en el salón.

A lo largo de la vida nos enfrentamos continuamente a situaciones en las que nuestra forma de reaccionar ante ellas determinará nuestra capacidad para superarlas y también de evitar que nos afecten negativamente. Tengamos presente que en un escenario personal difícil, como la enfermedad propia o la de un ser querido, los problemas económicos, las decepciones en la relación con las personas, los fracasos en el trabajo, etc., nuestra capacidad de control sobre nuestro estado de ánimo se ve de un modo u otro alterada. Siendo conscientes de ello hay que intentar prepararse, ya que todas estas situaciones realmente no se acaban nunca…; siempre vuelven a presentarse en formas distintas e independientemente de si la has superado satisfactoriamente o no con anterioridad. Dicho de otra forma, se te pondrá nuevamente a prueba y deberás estar preparado para ello, de ahí la necesidad de evitar que los daños que puedan originarse en cada lucha nos debiliten en exceso a la hora de enfrentarnos a lo que pueda venir más adelante. Y vendrá…, no nos quepa la menor duda.

Ante todas esas circunstancias por las que necesariamente deberemos pasar en la vida, más que tener actitud yo empezaría por tratar de “tener consciencia”.  La consciencia es la capacidad del ser humano de reconocerse a sí mismo y a lo que le rodea y de ser capaz de reflexionar sobre ello. Una persona no se irrita, indigna, entristece o desilusiona porque desee hacerlo o por que la obliguen, lo hace porque no ha encontrado la fortaleza o recursos suficientes para responder con serenidad a una situación, por lo que su ánimo tiende a verse afectado y su “actitud” también. Ser consciente de lo que te está pasando te ayuda a reflexionar y a actuar, pero a esa capacidad no se llega sin preparación previa, ya que no es fácil reflexionar con claridad cuando tus neuronas están sufriendo una estampida.

Pero ya sabemos que prepararse para ello no es tarea fácil. ¿Quién no tiene muy cerca, incluso en su ámbito familiar, a personas que sufren de esa situación?. Yo no soy psicólogo, tampoco pretendo dar consejos sobre temas para los que no he recibido formación y de los que no dispongo de suficientes conocimientos, así que tómense estas reflexiones como algo muy personal y en riesgo claro de estar equivocadas. No obstante y al igual que le pasa a la mayoría de la gente, lo cierto es que yo también he sido testigo de las consecuencias que tiene o ha tenido en personas de mi entorno el no haber sido capaces de desarrollar una coraza suficientemente fuerte que las proteja ante los golpes que les da el desarrollo de sus propias vidas y cómo eso las ha hecho candidatas al fracaso en lo personal o en lo profesional, con el posterior riesgo de un «derrumbe espiritual», por evitar llamarlo depresión o algo peor.

Por otra parte, si lo miramos desde la perspectiva del ámbito profesional, se tiende a concentrar los esfuerzos de capacitación de las personas en los aspectos directamente relacionados con los procedimientos en el trabajo, pero no tanto en los de la inteligencia emocional de quienes participan en ellos. Ciertamente, las personas deben prepararse no solo en cuestiones técnicas, de gestión o de producción, también deben desarrollar sus capacidades emocionales para poder enfrentarse a las situaciones de complejidad, de riesgo o de toma de decisiones y esto es algo perfectamente extrapolable a la vida cotidiana, donde también deberemos estar a la altura de las circunstancias.

La “actitud” individual frente a esos retos (porque no nos engañemos…, la vida misma es una sucesión de retos que debemos superar), y ya sea esa actitud positiva o no, se podría interpretar como una señal del estado en el que se encuentra nuestra autoestima, ya que ambas (actitud y autoestima) guardan un delicado equilibrio y se condicionan entre sí. El no mantener ese equilibrio puede tener un efecto tóxico y potentemente letal ante el objetivo de mantener una actitud constructiva ante las situaciones, pero ciertamente el evitar esa situación suele ser muy complejo. Por descontado, nadie dispone de recetas magistrales, únicamente de ciertas directrices y de algunas pistas que, correctamente entendidas y adecuadamente implementadas, tal vez nos ayuden a encontrar el camino correcto hacia la éxito en la vida o hacia la soñada felicidad.

Lo que resulta difícil de discutir es que el grado de felicidad que disfrutes (o sufras) en tu vida no lo determinará las dificultades que puedas afrontar en su recorrido, ya que esas dificultades son inevitables, sino de la actitud que decidas tener ante ellas.

 

Miguel Ángel Beltrán

El sendero recorrido.

Después de más de 25 años en este sector, siento que es hora de hacer algún balance de los logros alcanzados y de los fracasos afrontados, del tiempo aprovechado y del desperdiciado. ¿Qué es lo que me habría gustado?, ¿qué podría haber hecho mejor?.

Supongo que todos llegamos a un momento en nuestra etapa profesional en el que nos hacemos preguntas sobre nuestras experiencias vividas a través de ella y tratamos de compararlas con las expectativas que fueron marcadas antes de comenzar a afrontar retos y compromisos. Dicho esto y ya que la cosa va de senderos recorridos, debo reconocer que la primera sensación que percibo es la de un cierto desasosiego, ya que mi trazado no ha sido el que marqué en el mapa, ni fue mi objetivo soñado. Por lo tanto, si el balance final debe establecerse comparándolo con mi horizonte inicial, entonces debería entender mi trayectoria como un fracaso, puesto que ha salido definitivamente desviada y me ha llevado muy lejos de donde esperaba estar.

Pero un momento…, ¿me estoy haciendo las preguntas correctas o es que me estoy equivocando en las respuestas?. ¿Realmente son tan importantes nuestras expectativas iniciales en nuestra valoración final o hay algo erróneo que parte de ese deseo, a veces enfermizo, por conseguir la plena satisfacción profesional para colmar un ego interior inconfesable?.

¿Realmente nuestra misión en la vida es simplemente alcanzar el nivel de incompetencia y entonces sentarnos en un sillón a contemplar la obra o se trata de otra cosa algo más compleja?. La verdad es que, más allá del orgullo de haber destacado, no hay muchas cosas que puedan ser más satisfactorias para un auténtico profesional que el haber contribuído al éxito de un equipo o de una empresa y poder compartirlo con el resto.

Tal vez nuestra humanidad no sea tan egoísta como aparenta ser, si es que es verdad eso de que al final su naturaleza nos empuja instintivamente hacia lo que verdaderamente importa. No obstante, puede que nuestro principal problema sea que somos incapaces de darnos cuenta de ello y esto represente una de las causas por las que algunas personas tienden a ver desequilibrada su autoestima o a acabar ahogados en frustración, sentimiento de culpabilidad o de mediocridad.

Pero lo cierto es que resulta indiferente cual sea tu profesión, tu responsabilidad, el nivel del puesto que alcanzarás…, al final estarás ahí para hacer una labor que de alguna forma estará destinada a ayudar a otros a realizar la suya como parte de un objetivo común. Aunque siendo honestos…, la realidad no es en muchos casos así de ideal.

Para empezar, ni somos sinceros con nosotros mismos ni tampoco lo somos con los demás. En lo profesional impera el egoismo y la falta de generosidad, no comparamos nuestro rendimiento con las expectativas iniciales sino con las de los demás, medimos nuestro éxito en el fracaso de otros y nuestra frustación proviene en realidad de una mezcla corrosiva e inflamable de envidia y ambición que prende frente al fracaso propio y ante el éxito ajeno. Tendemos a dosificar esfuerzos en función de nuestros propios intereses individuales y no en los del equipo, no compartimos experiencia en la estúpida creencia que eso nos mantendrá a salvo en nuestro puesto de trabajo, ni ponemos interés en ser mejores para ser más útiles… En realidad no hay un compromiso real, solo una fachada interesada e individualista que representa un auténtico cáncer para el futuro de cualquier empresa; una lacra contra la que vale la pena perder un par de horas rompiéndose la cabeza para escribir este ladrillo a altas horas de la noche que posiblemente no interese a nadie.

Por lo tanto, si quieres valorar la propia trayectoria profesional, déjate de medallas y de golpes de pecho y piensa con sinceridad en cual ha sido tu aportación a la trayectoria del resto, en qué modo esa aportación ha contribuido a que otros alcancen sus metas y cual ha sido su impacto en el objetivo común establecido. Entonces sabrás si has tenido éxito en tu vida profesional o si en realidad no has sido más que un «bluf» perfectamente prescindible y culpable de su propia frustración, en cuyo caso te invito a trabajar desde ahora en establecer nuevos objetivos, en buscar otro sendero distinto que te lleve a la meta correcta.

Miguel Ángel Beltrán