¿Evitar los conflictos o aprender de ellos?..

Los seres humanos y sus sociedades no dejamos de ser un resultado de muchos siglos de confrontaciones e intolerancias, que avanza (aunque a veces no lo parezca) a través del aprendizaje que surge de todo ello, de la corrección de los errores y de la aceptación del diálogo como herramienta principal. En este sentido, todos nosotros podemos ser capaces de involucrarnos en cualquier momento en una situación de conflicto y tratar de influir positivamente sobre él para impulsar el diálogo y avanzar hacia la solución.

Por tanto, un conflicto no deja de ser una oportunidad. De hecho, en realidad no podemos pretender evitarlos completamente, ya que estos forman parte de esa energía que, correctamente canalizada, nos permite aprender a resolver problemas, a obtener consensos o a ir mejorando como sociedad. Ante esa posibilidad colectiva, cualquier persona puede llegar a actuar positivamente frente a un desencuentro y contribuir a resolver las divergencias desde un diálogo sereno y constructivo.

En el mundo profesional podemos afrontar distintos conflictos por intereses enfrentados y que obviamente también necesitan canalizarse hacia soluciones de consenso. Ya sea en el ámbito personal o en el profesional, el problema aparece cuando las posiciones parten de la base del “yo gano, tú pierdes”, cuando entre ellas no existe el respeto mutuo ni la empatía, cuando el diálogo se basa en las posiciones en lugar de en los intereses, cuando frente a una situación en la que hay un choque de posturas sólo queda la escalada de desencuentros.

Todos nos hemos tenido que enfrentar alguna vez a situaciones delicadas. A nivel personal y dentro del ámbito de la representación comercial, las he vivido en contextos diversos, algunos de ellos relacionados con procesos en los que participaban empresas distintas, pero que compartían un mismo objetivo final marcado por un determinado cliente; una situación que tiende a tensar a las partes cuando entra en juego la necesidad de cumplir con determinadas exigencias relacionadas con las especificaciones y normativas, los estándares técnicos, medioambientales o de calidad, etc. ya que todas ellas impactan sobre los costes.

El origen de esos problemas puede ser diverso, pero a menudo viene derivado del reducido margen de adaptación de cada involucrado frente a las condicionantes que les vienen impuestas por los procesos previos. Si esos procesos llegan mal planteados de origen, el asumir el riesgo de producir puede significar el tener que afrontar un alto coste; unas consecuencias que no siempre asume quien origina el problema, sino quien tiene la posición más débil en la cadena. En cualquier caso, no deja de ser curioso que, sea cual sea el conflicto, al final sólo el diálogo constructivo entre las partes involucradas puede ayudar, no tanto a llegar a un acuerdo sobre las responsabilidades del problema en cuestión, sino a aprender de ello y a avanzar conjuntamente en la mejora para el futuro.

Definitivamente, el negociar por intereses suele ser complicado, pero el hacerlo por posiciones supone en la práctica una imposición de argumentos y tender al bloqueo del diálogo sobre la base del deseo de ganar para convertir al otro en el perdedor. Un Ganar-Perder que no sirve para avanzar. Por tanto, llegados a cualquier confrontación de posturas y a la indudable necesidad de obtener consensos, resultará fundamental el manejar correctamente las posiciones de las partes y el canalizar sus intereses hacia alternativas que permitan no solo evitar unas posibles consecuencias que perjudicarán a ambas, sino que ofrezcan la posibilidad de construir una colaboración basada en el beneficio mutuo, en acuerdos en los que todos ganen y en los que, en definitiva, se logre convertir el conflicto inicial en una oportunidad de futuro.

En resumen, el diálogo no elimina necesariamente el conflicto, pero permite manejarlo productivamente para transformarlo en un beneficio compartido entre las partes.

Miguel Ángel Beltrán –  http://www.lycongraphics.com

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