La actitud ante los retos

Se habla de la “actitud” ante los retos como si fuese una especie de fuerza oculta que todo lo puede y donde reside la clave de todo éxito, algo así como un Santo Grial de la felicidad…

Pero…, ¿qué es exactamente la actitud?, ¿forma parte simplemente de nuestra forma de reaccionar ante una situación y de cómo te tomas las cosas cuando se te presenta la necesidad de responder ante ellas o simplemente es la expresión de un estado de ánimo al que le estamos dando excesivo protagonismo en nuestro empeño por avanzar en lo que hacemos?.

Y llegado el caso…, ¿cómo se determina si una “actitud” es la buena y bajo qué reglas se valora?. ¿Cómo puedo saber si mi forma de responder ante esa situación es la que mandan los cánones de la correcta “actitud”?.

Tal vez el reflexionar en calma de vez en cuando sobre nuestro modo de entender y reaccionar en la vida y sobre nuestra relación con ella merezca la pena. Deberíamos tomarlo por costumbre, como si fuese una medida de higiene…, algo así como una revisión y mantenimiento de la chimenea por la que expulsamos los malos humos para evitar que nos dejen toxinas en el salón.

A lo largo de la vida nos enfrentamos continuamente a situaciones en las que nuestra forma de reaccionar ante ellas determinará nuestra capacidad para superarlas y también de evitar que nos afecten negativamente. Tengamos presente que en un escenario personal difícil, como la enfermedad propia o la de un ser querido, los problemas económicos, las decepciones en la relación con las personas, los fracasos en el trabajo, etc., nuestra capacidad de control sobre nuestro estado de ánimo se ve de un modo u otro alterada. Siendo conscientes de ello hay que intentar prepararse, ya que todas estas situaciones realmente no se acaban nunca…; siempre vuelven a presentarse en formas distintas e independientemente de si la has superado satisfactoriamente o no con anterioridad. Dicho de otra forma, se te pondrá nuevamente a prueba y deberás estar preparado para ello, de ahí la necesidad de evitar que los daños que puedan originarse en cada lucha nos debiliten en exceso a la hora de enfrentarnos a lo que pueda venir más adelante. Y vendrá…, no nos quepa la menor duda.

Ante todas esas circunstancias por las que necesariamente deberemos pasar en la vida, más que tener actitud yo empezaría por tratar de “tener consciencia”.  La consciencia es la capacidad del ser humano de reconocerse a sí mismo y a lo que le rodea y de ser capaz de reflexionar sobre ello. Una persona no se irrita, indigna, entristece o desilusiona porque desee hacerlo o por que la obliguen, lo hace porque no ha encontrado la fortaleza o recursos suficientes para responder con serenidad a una situación, por lo que su ánimo tiende a verse afectado y su “actitud” también. Ser consciente de lo que te está pasando te ayuda a reflexionar y a actuar, pero a esa capacidad no se llega sin preparación previa, ya que no es fácil reflexionar con claridad cuando tus neuronas están sufriendo una estampida.

Pero ya sabemos que prepararse para ello no es tarea fácil. ¿Quién no tiene muy cerca, incluso en su ámbito familiar, a personas que sufren de esa situación?. Yo no soy psicólogo, tampoco pretendo dar consejos sobre temas para los que no he recibido formación y de los que no dispongo de suficientes conocimientos, así que tómense estas reflexiones como algo muy personal y en riesgo claro de estar equivocadas. No obstante y al igual que le pasa a la mayoría de la gente, lo cierto es que yo también he sido testigo de las consecuencias que tiene o ha tenido en personas de mi entorno el no haber sido capaces de desarrollar una coraza suficientemente fuerte que las proteja ante los golpes que les da el desarrollo de sus propias vidas y cómo eso las ha hecho candidatas al fracaso en lo personal o en lo profesional, con el posterior riesgo de un “derrumbe espiritual”, por evitar llamarlo depresión o algo peor.

Por otra parte, si lo miramos desde la perspectiva del ámbito profesional, se tiende a concentrar los esfuerzos de capacitación de las personas en los aspectos directamente relacionados con los procedimientos en el trabajo, pero no tanto en los de la inteligencia emocional de quienes participan en ellos. Ciertamente, las personas deben prepararse no solo en cuestiones técnicas, de gestión o de producción, también deben desarrollar sus capacidades emocionales para poder enfrentarse a las situaciones de complejidad, de riesgo o de toma de decisiones y esto es algo perfectamente extrapolable a la vida cotidiana, donde también deberemos estar a la altura de las circunstancias.

La “actitud” individual frente a esos retos (porque no nos engañemos…, la vida misma es una sucesión de retos que debemos superar), y ya sea esa actitud positiva o no, se podría interpretar como una señal del estado en el que se encuentra nuestra autoestima, ya que ambas (actitud y autoestima) guardan un delicado equilibrio y se condicionan entre sí. El no mantener ese equilibrio puede tener un efecto tóxico y potentemente letal ante el objetivo de mantener una actitud constructiva ante las situaciones, pero ciertamente el evitar esa situación suele ser muy complejo. Por descontado, nadie dispone de recetas magistrales, únicamente de ciertas directrices y de algunas pistas que, correctamente entendidas y adecuadamente implementadas, tal vez nos ayuden a encontrar el camino correcto hacia la éxito en la vida o hacia la soñada felicidad.

Lo que resulta difícil de discutir es que el grado de felicidad que disfrutes (o sufras) en tu vida no lo determinará las dificultades que puedas afrontar en su recorrido, ya que esas dificultades son inevitables, sino de la actitud que decidas tener ante ellas.

 

Miguel Ángel Beltrán

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